jueves, 26 de junio de 2008

El espejo

de Pedro Prado

Cada vez que me observaba en un espejo recibía una impresión extraña.

- Ahí te tienes, me decía.

- Pero ¿acaso soy tan sencillo como todo eso? me preguntaba.

Aquella imagen opaca, impenetrable, parecía tan ajena a mi mismo, como si fuese la figura de otro.

Por fin, una noche descubrí el verdadero espejo.

Sobre el jardín envuelto en sombras, bajaba el pálido fulgor de las estrellas.

En los cristales de la ventana veía reflejada la luz de la lampara y mi actitud pensativa. Pero a través de mi imagen pude observar la arena de los senderos, los macizos de rosas que florecían en mitad de mi pecho, las estrellas lejanas que brillaban en mi cabeza.

Pensé haber encontrado un buen espejo.

Aquella mi sombra, atravesada por franjas de arena, por rosales florecidos, por astros distantes, hablaba, con extraordinaria claridad, del origen de nuestro cuerpo y de las tendencias que llenan al espíritu humano.

[De La casa abandonada]

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