martes, 27 de mayo de 2008

El tiempo del dolor

Dante Castro
ÑAKAY PACHA
(El tiempo del dolor)

"El cielo se iba mudo hacia la sierra
los árboles contaban los cadáveres
los árboles se fatigaron de contar."
(Antonio Hernández Pérez)

Hoy por fin lo conocí cuando le dimos su barrida al caserío de Santiago en la madrugada. A la luz de las antorchas lo vi a Marcial y era tal como me contaba el Ciriaco Reynoso: alto, no muy blanco, de pelo largo como el arcángel que pisa la cabeza del dragón en los cuadros de las iglesias. Algo más vería de él, cosas que trato de olvidar pero que tenía razón en hacerlas,
cosas por las que no tengo el derecho de juzgarlo y ya las quiero borrar de mis recuerdos. Al fin y al cabo, todos matamos esa noche y desde entonces supimos que ya nada sería igual que antes, porque el tiempo del dolor había empezado.
Por boca de un compañero que vivía en Santiago, nos enteramos de la clave de los cabezas negras: tres toques de silbato se responden con dos y ya se puede pasar por el abra de la cordillera sin ser atacados por los ronderos de Defensa Civil. Otro pelotón de compañeros se vistió de árboles, con ramas por todos lados, para poder deslizarse en la oscuridad y un tercer
pelotón se disfrazó con pieles de llama para confundirse entre los rebaños de los santiaguinos. "A estos jarjachas les damos con todo ahora", dijo Marcial, y era que Santiago se había pasado al lado del enemigo robando los animales del resto de comunidades y quemando las cosechas de los caseríos que no constituyen Defensa Civil. Por eso íbamos bien emponchados, ocultando las armas para agarrarlos por sorpresa. Dimos tres pitadas fuertes y nos respondieron con dos. Esperamos un rato no muy largo y dimos dos pitadas que nos devolvieron con tres. Entonces un rondero apareció en el camino con su lanza y agitando el sombrero en alto. "Atracó el muy cojudo", dijo el Ciriaco Reynoso, abriendo ladino los brazos para recibirlo. Mas apenas lo tuvo cerca, le metió el cuchillo hasta el otro lado de las entrañas y feo sonó el suspiro del sorprendido.
Inmediatamente Eriberto Quispe se puso el poncho del difunto y caminamos con el resto de compañeros hacia Santiago. Los
nuestros gritaban como fieras lanzándose al ataque y los santiaguinos sorprendidos en pleno sueño tardaron un rato todavía en responder a las sombras que los amenazaban. Salieron a chocar fierros con nuestra gente como los ciegos cuando se pierden, pero a pesar de la desventaja sus hombres se ubicaron en los riscos de las laderas y desde allí lanzaban piedras con huaracas hacia los atacantes de Airabamba. Marcial, con el grupo de armados, se había rezagado observando de lejos el choque entre las dos comunidades. Cada vez caían más piedras desde las sombras altas de los cerros y los airabambinos comenzamos a retroceder. Tratábamos de abrirnos paso a lanzazos y cuchilladas entre los recios de Santiago, pero las piedras seguían cayendo como el granizo rompiéndoles la cabeza a nuestros mejores hombres y los contrarios resistían a pie firme, devolviendo los golpes y cubriéndose bien de las estocadas.
-¡Disparen carajo!...-gritó Ciriaco Reynoso al grupo de Marcial, que se había quedado rezagado mirando la bronca. Pero ellos, a regular distancia, seguían observando cómo los nuestros perdían terreno y algunos ya comenzaban a correr con la frente chorreando sangre.
-¡Disparen cojudos! -volvió a gritar el Ciriaco, esta vez con la sangre tibiecita corriéndose por el cuello hasta la espalda.
Los airabambinos se replegaban perseguidos a punta de lanza por los yanahumas de Santiago, cuando en la oscuridad refulgieron los disparos del grupo de Marcial. No disparaban hacia los santiaguinos que defendían su plaza, sino que las
metralletas apuntaban hacia los cerros donde estaban apostados los que nos corrían a pedradas. Y era que no todos tenemos la misma sesera, pues. El camarada había estado contando cuántas hondas y huaracas tenían los cabezas negras y cuando las tuvo a todas ubicadas, mandó al tercer pelotón que abriera fuego en distintas direcciones que él daba. Como la cancha tostada sonaban las metralletas botando fuego por el cañón y los hondazos empezaban a disminuir poco a poco, hasta que ya no nos caía ninguna piedra desde lo alto.
-¡Jajaillas! -gritó jubiloso Eriberto Quispe, levantando su machete y todos lo seguimos aprovechando que la lluvia de piedras había amainado hasta desaparecer, lanzándonos sobre los malditos de Santiago para exterminarlos.
Para toda mi vida me acordaré cómo el Alejo Velasco me rogaba para que no le quitara su malvada existencia. "Perdóname, Demetrio, y les devolveremos todo con tal que nos dejen vivir”. Pero ya estaba amargo, cansado por haberlo correteado al Alejo hasta la acequia pegada al cerro y allí nomás le arrié con la guadaña en el pescuezo. Me acordé entonces de todos sus abusos, de mis últimas cabezas de carnero y hasta de las gallinas que le quitara a mi mujer el muy desgraciado.
Cuando nos juntábamos ya para cantar, vi lo que me arrepiento de haber visto, eso que cargo como recuerdo ingrato del escarmiento que les dimos a esos jarjachas, hijos del pedo. El mismo Marcial con ojos de fuego, ángel convertido en demonio, mataba uno por uno a los rendidos de Santiago, así no fueran cabezas negras. Su gente miraba con respeto lo que hacía el
camarada y cuando se le acabaron las balas, alguien le extendió otra metraca ara que continuara barriendo a los que faltaban.
Pena me daba un borrachito que había conocido antes. Marcial lo iba a matar y él lloraba por su vida miserable.
-Ama wañuchiwaychischu, taitallico... (no me mates, papacito) -decía suplicando, pero le metió un balazo en el estómago y el borrachito cayó con las manos juntas sobre su panza, abriendo la boca de dolor.
-Imaynatan munanki ch'ayllanatataq munasunki (tal como trates igual te tratarán) -le respondió Marcial al moribundo antes de darle el tiro de gracia.
-Atatau bendito... -dije en voz alta sin fijarme y me salió al paso Adelaida amenazando con su arma.
-¿Qué pasa, compañero?... Vaya con su pelotón, compañerito.
Caminé entonces hacia donde se encontraban los airabambinos curándose las heridas y cargando los cadáveres de los vecinos que habían muerto en el encuentro. Sólo perdimos seis compañeros en el enfrentamiento, dos con tiro de escopeta y cuatro con huaraca o con lanza. Todos los techos de paja ardieron como si fueran bosta de vaca. Cuando nos retirábamos arreando el ganado de los derrotados, veíamos de lejos arder lo que había sido Santiago; sus mujeres lloraban harto a los muertos llamándolos por sus nombres y las guaguas también lloraban en medio de la confusión. Hasta ahora sueño las caras de los difuntos devolviéndonos todo lo que nos robaban para entregárselo a los uniformados.

*****

De tanto que le insistí a Eriberto Quispe para que me contara por qué tenía tanto rencor el camarada Marcial esa noche, terminó hablando de esa historia tan triste que me duele recordar. Junto con Ciriaco Reynoso somos los más instruidos de esta comunidad de analfabetos y juntos los tres masticamos coca esa mañana calentándonos con la pequeña fogata que prendí y lamentando la desgracia del compañero de armas.
"¿Qué harías tú, compañero Demetrio, si teniéndolo todo en la vida y vienes a ayudar a estos miserables, terminan dándote una patada en el culo?" Me preguntó Eriberto antes de comenzar, mientras los palos ardían reventando algunas veces, haciendo fulgurar el rostro de nuestro vecino.
"El buen Marcial, buen camarada, buen guerrillero, honesto como lo conocemos los del partido, vino hace muchos años por acá para instruir a estos indios de Santiago. Vino antes de la guerra, cuando todo estaba tranquilo, y llegó con su compañera caminando por ese sendero de herradura que sube por atrás."
-¿Por Piquichaki? -preguntó Ciriaco Reynoso.
"Ese mesmo. Y bueno, ustedes tampoco conocieron a su compañera que le decíamos Rosa. Bonita era la china, blanconcita y con cara inteligente. Ellos tuvieron la mala suerte de llegar en plena celebración de la fiesta de San Isidro Labrador. Ustedes sí conocen cómo es la fiesta por estos pagos: se come, se baila, se toma mucho aguardiente casi hasta morir."
-Jor, jor, jor -enseña los dientes Ciriaco recordando las fiestas. Los tiene incompletos y los que aún se sostienen en pie están negros de caries.
"Y los chutos de Santiago que son tan buenos bebedores salieron tumbando a Marcial, dejándolo inconsciente. A Rosa también le habían hecho beber pero sólo estaba mareadita la pobre. Marcial, borracho hasta su mano, no pudo darse cuenta de lo que hacían con su china."
-¿Y qué hicieron, vecino? -pregunté temiendo lo peor.
Eriberto Quispe me miró dudando si contarme o no las cosas que pasaron en la fiesta. Bajó la mirada hacia las brasas de la fogata y volvió a clavarme los ojos con más valor.
"Cosas feas pasaron, compañero. Cosas que dan pena y vergüenza contarlas, porque somos de la misma provincia de estos jarjachas que hemos matado. A Rosa se la montaron cerca de veinte indios borrachos y luego, cuando se dieron cuenta de lo que habían hecho, los botaron de la comunidad."
-Atatau, caracho... -susurró Ciriaco Reynoso espantado.
"Así es, paisano. No le dieron cuartel a la pobre. Cuando despertó Marcial, su mujer había sido forzada tantas veces que ya no tenía razón en su cabeza. Luego, luego, los botaron a pedradas amenazándoles de que no volvieran por ahí. Los de Airabamba teníamos que castigar a los yanahumas por todo lo que les robaron a nuestras familias, por el ganadito que se
llevaron para entregárselo a los cachacos y por los abusos que les han hecho a otras comunidades vecinas. Pero lo de Marcial es cosa justa."
-¿Y qué pasó con la Rosa, compañero? -me atreví a preguntar.
-Murió en un encuentro con los sinchis en Huanta. Ahora nuestro comandante trata de olvidarla con el amor de Adelaida, que es una buena mujer. Ojalá tenga mejor suerte que la anterior... -dijo Eriberto Quispe cerrando la historia. Los últimos palos secos de la fogata se iban apagando.



*****

Ya habíamos caminado seis días perdiéndonos de las patrullas que nos buscaban por lo que hicimos contra Santiago. Pasábamos por otros caseríos de amigos y los encontrábamos con tanto miedo que se negaban a darnos comida para que no los mataran luego los cachacos. Nos cerraban la puerta en las narices y hasta nos insultaban aquellos que antes aplaudían nuestra presencia. Evaristo Porras mató a un comerciante que venía de las montañas de San Francisco cortando camino por la cordillera. Primero lo tomaron prisionero y cuando revisaron su alforja le encontraron un kilo de droga. Entonces Evaristo le rebanó las orejas al infeliz y luego de verlo sufrir, le hundió el cuchillo varias veces en el pecho. "Esa gente para qué sirve", dijo.
Al noveno día de camino, con hambre y sin cartuchos, nos vimos de frente con los de la Marina. Era muy lejos para que nos alcanzaran y disparaban por gusto sabiendo que a esa distancia no nos hacían ningún muerto. No sabíamos que terminando la bajada de Huamanmarca, al décimo día de babear de hambre, nos batirían a su regalado gusto causándonos tantas bajas. Braulio Vílchez, danzante de tijeras muy querido en Airabamba, quedó destrozado a balazos sobre los cactos de la quebrada. Ni reconocerlo se podía de lo feo que le dieron. Evaristo Porras ni siquiera se dio cuenta de que lo habían matado: se quedó quietecito con un balazo en la frente y los ojos en blanco. La tierra recibió su sangre que caía por goterones. A Custodio Contreras lo tomaron prisionero cuando trataba de huir arrastrando la pierna herida. Le encontraron los petardos que cargaba en la alforja; le amarraron su dinamita al estómago y así arrodillado en medio de la pampa, lo volaron como escarmiento para que lo viéramos los que estábamos escondidos en los roquedales.
Gritaban feo los marinos y supimos entonces que los sinchis no eran ni la mitad de sanguinarios de lo que eran éstos. No me moví de entre las piedras donde estaba escondido y los vi pasar a ellos patrullando el camino. Eran altos, con el rostro pintado de negro, más fuertes que otros cachacos que habíamos conocido y bien armados. Gritaban lisuras insultándonos para que saliéramos. Pateaban a nuestros muertos con odio y hasta podría jurar por la Virgen de Sillapata que escuché a alguien hablar como argentino. (Lo sé porque he conocido turistas argentinos en Ayacucho. Por eso reconoci ese dejo raro.).
Después de dos días de verlos dar vueltas por la cordillera azul de Huamanmarca, decidí moverme. Había sido piedra durante todo ese tiempo, olvidando el hambre por el miedo que todavía insistía en paralizarme. Arrastrándome, cogí una lagartija atontada por el sol y le arranqué su cabeza viva aún para masticarla. Eriberto Quispe me reconoció a lo lejos y nos
juntamos con otros asustados más que iban saliendo de entre las piedras y hasta debajo de la tierra. "Creo que estamos muertos", me dijo todo pálido y ojeroso. Caminamos solamente, sin hablar nada ni miramos, buscando siquiera un sitio en la tierra para sentarnos. Pronto comprobaríamos que ese sitio no existía, que no habían caminos ni lugar a donde ir.


*****

Los de Parcorán nos regalaron víveres no porque estuvieran con nosotros, sino porque les causábamos lástima de tan sólo vernos. Nos rogaban que nos fuéramos. Un día má allá de Parcorán encontramos el camino hacia las crestas de Airabamba, donde estaban muchos de los nuestros. Allí nos unimos con la gente armada de Marcial, vi su rostro de arcángel que pisa la
cabeza del dragón en las iglesias y escuché su palabra. Su quechua estaba mejor que antes.
La primera noche en Airabamba soñé con los muertos que nos hicieron en la bajada de Huamanmarca. Braulio Vílchez vino hacia mí saltando en el aire con sus tijeras que cortaban el viento, ocultando el rostro destrozado por las balas. Evaristo Porras sonreía con su balazo en la frente y me enseñaba las orejas cortadas al pichicatero de San Francisco. Los muertos más jóvenes de quienes ni siquiera conocí sus nombres sonreían tendidos en el piso, riéndose de las patadas que les daban los cachacos. Pendejos, pues... Si ya no podían sentir nada.
Cinco días duró el descanso en Airabamba y luego caminaríamos de noche siempre, bajo las órdenes de Marcial. Dejé por fin de ser “base” y me incorporaron al partido. Me bautizaron con otro nombre y ahora me llaman "Celso", aunque los vecinos viejos de la comunidad siempre se les antoja llamarme Demetrio. Ya no cargo con el rejón, sino que me dieron una escopeta vieja para cazar perdices. Ahora íbamos a Vizcachero, según nos dijeron, para atacar el puesto de la Guardia Civil. Nunca me imaginé que fuera tan fácil: les avisamos a los guardias que íbamos a atacarlos y que si se iban antes que llegáramos, podían salvar el pellejo. Y los muy sabidos escaparon dejándonos las armas para que no los siguiéramos. Eriberto Quispe me dijo que Marcial había conversado el asunto con los tombos antes. Y así, con cuatro metralletas más bajamos para la Esmeralda a ajustarles las cuentas a algunos soplones y abigeos que colaboraban con el Ejército.


******
No les gustó a los uniformados lo que hicimos en Vizcachero y mucho menos los muertos que les dejamos en la Esmeralda. Entre los ajusticiados hubo uno que era del servicio de inteligencia -¿así le dicen?- y lo que más me sorprendió que era chuto como todos, cholo como yo, feo como yo, igualito a los demás. Solo Marcial pudo reconocerlo al verle las manos sin huella de trabajo y por esa chispa de inteligencia que llevan en los ojos los instruidos. Le hicimos juicio popular delante del pueblo y la gente no le perdonó al maldito supaypaguagua ese. Yo mismo lo ejecuté con el machete y eso fue lo que menos les gustó a los cachacos. Y sería bien importante a pesar de ser cholo como uno, porque después de cinco días los marinos nos cerraron el paso con helicópteros en Razuhuillca y por el callejón de Huayllay nos buscaban también muchas patrullas de sinchis. Marcial y los que decidían con él prefirieron enfrentar a los sinchis que a los marinos.
-Los sinchis son borrachos, pichicateros, no aguantan mucho la altura... -nos dijeron.
Entonces emprendimos confiados el camino a Quebrada Huachanga para bajar por ahí hacia otras bases que podían ocultarnos en los alrededores de Luricocha. Mi coca se acabó en poco tiempo y empecé a comer yuyos que arrancaba con las manos de cualquier saliente. Y el encuentro con el enemigo otra vez nos agarró hambrientos y cansados. Lo peor: no había
mucha bala para meterle a las armas, en cambio ellos hasta disparaban por gusto. Por eso en Quisoruco nos despedazaron con ráfagas y granadas.
Una vez que rompieron con la formación del pelotón, se dedicaron a chumbearnos a cada uno por separado. Vi morir a varios de los nuevos reclutados de la Esmeralda, maq'titos que aún no habían cumplido quince años, que no podían cubrirse porque las balas venían desde lo alto.
Marcial nos condujo a los de Airabamba por una quebradita muy angosta que bajaba hacia el otro lado de la cordillera. Eramos unos cuantos que resbalábamos asustados sobre las piedras, sin saber hacia donde. Nos ocultamos al extremo de la quebrada, en un lugar seco donde podíamos esperar a que pasara el tiempo y los sinchis se olvidaran de nuestras cabezas.
Sentados en el suelo caliente por el sol, tomábamos aire sin hablar, mirando entre los árboles secos una parvada de palomas serranas que iba y venía de banda a banda, sin advertir la presencia de ninguno. Descansaban un rato en cualquiera de las laderas y luego seguían volando de una banda a la otra, como si se tratara de un juego entre ellas. El corazón me saltaba en el pecho y el estómago quería aflojárseme de miedo, pero tan sólo de ver su juego inocente me tranquilicé un poco. Así, cubiertos por esos árboles tan secos que el viento los hacía silbar, fuimos recuperando fuerzas sin terciar palabra, esperando que las balas dejaran de sonar al otro lado. Ciriaco Reynoso empezó a susurrar una canción mirando a las palomas serranas cruzar el cielo por momentos.

“...Sonkuy ujupin uywakurqani urpichata
lulupayaspa, qhawapayaspa, tukuy sonqoywan...
Mana uywanaqa, raphran hunt'asqa phaqarikapun...
purullantaña saqerparispa, sonqoy ujupi...”
(En las entrañas de mí corazón cuidé una tortolita
¡Con qué ternura! ¡Con qué cuidado! ¡Con todo amor!
Y la ingrata, crecidas sus alas, se fue volando
dejándome sus plumas dentro de mi corazón)
Más tarde los cachacos se dejaron sentir con sus pasos torpes, botas gruesas que desprendían piedras al bajar por la pendiente. "No nos han visto, hay que dejar que se vayan", dijo Marcial, y todo hubiera salido bien si no fuera por esas cosas de la casualidad. Me convertí en piedra nuevamente y los otros trataron de volverse árboles secos, cactos, sombras de la montaña. Engañamos a los sinchis que pasaron casi a nuestro lado amoratados por la altura, cargando sus armas como si pesaran un millón de arrobas. Pero no logramos engañar a las palomas que trataron de refugiarse en el risco cubierto de malezas y espinares, donde estábamos escondidos. Vinieron espantadas por la columna de uniformados que bajaba tan torpemente, pero se encontraron con que otro grupo de hombres estaba invadiendo su lugar y terciaron el vuelo así, de repente, sorprendidas por nuestra presencia.
Ese cambio de rumbo que hicieron las torcazas, lo vieron los sinchis y comenzaron a disparar con fuego graneado en aquella dirección. Las balas hacían saltar pedazos de roca y levantaban mucho polvo que cegaba los ojos. Los arbolitos espinosos y sedientos se quebraban como si fueran de carrizo . Entonces Marcial contestó y Adelaida le siguió, como siempre, cuidando las balas para no desperdiciarlas. Disparaba también Eriberto Quispe con la metralleta que consiguió en Vizcachero, al igual que nuestro vecino Ciriaco. Yo también disparaba ese vejestorio de escopeta para matar perdices y que parecía no alcanzar al enemigo. Mi sobrino Matías Uripe les lanzó un petardo prendido con la huaraca y los hizo retroceder. Pobre Matías, las chinas de Airabamba llorarán su muerte en plena flor de juventud: no bien lanzó el petardo recibió más de veinte plomos en el cuerpo. Cogí su huaraca de lana y prendí un petardo para frenar su avance, así como lo hizo mi sobrino, y, ¡Jajaillas!, claro que lo conseguí haciéndolos recular hasta la otra banda. Pero ya no sentía nada y mi cuerpo se fue adormeciendo como si el sueño me agarrara de pronto, y ya no pude alcanzar la escopeta perdiguera que se quedó allí calentándose al sol. Las fuerzas se me escurrieron por los brazos y las piernas como muñeco de carnavalito que quiere pararse y no puede. Todo era oscuro y más negro se volvió el cielo hasta que ya no vi nada.


*****

-Los que mueren así de repente vienen para acá, Demetrio -sentí que me decía sonriendo Eriberto Quispe.
-Yo no estoy muerto, vecino... -le respondí y él se burló.
-No seas cojudo, Demetrio. Mira que en este lado de la quebrada también está Matías Uripe, tu sobrino.
-Así es Demetrio... -me dice Matías, y yo retiro mi hombro para que no me ponga su mano manchada de sangre fresca.
Ciriaco Reynoso también está sentado con nosotros mirando cómo se agota la batalla en lo profundo de la hondonada. Los sinchis le meten bala a los últimos espinares que se secan donde se unen las dos laderas. Alguien les responde desde allí, calculando sus tiros para no agotar la munición.
-Ese es Marcial... -me dice con desgano Ciriaco. Otra metralleta se siente tabletear desde la parte alta, como si lo apoyaran.
-Esa es Adelaida -señaló con el índice ensangrentado Matías Uripe.
Los sinchis no dejan de disparar en esas dos direcciones y parece que tuvieran muchas balas porque no se les acaban nunca. Han avanzado bastante cerca de ellos. Ahora sí disparan con rabia contra la herida de rocas y espinos, y dos uniformados se lanzan hacia adentro del monte. Salen con Marcial y Adelaida, los dos con las manos sobre la nuca, empujándolos, pateándolos y sacándoles la madre.
-Ya se jodieron -murmura Eriberto Quispe.
-Mala suerte de Marcial para con las warmichas... ¿Por qué no la mató a la hembra, carajo? -dice Ciriaco acongojado.
Ahora que estoy muerto no sufro tanto con las penas de otro, pero aún así me dolió ver lo que hacían estos malvados. La desnudan a Adelaida y se colocan de uno en fondo, por orden de rango y luego por antigüedad, mientras que otros sujetan a Marcial para que vea cómo se aprovechan de su mujer. El último la mata, como es su costumbre. Vendría después el martirio de nuestro comandante y si yo hubiera tenido cuerpo habría llorado de ver cómo lo retaceaban a cuchillo.
-¡Taitallay! ¡Taitallayco!... ¿Manacho pacha quicharicuspa sonccompe milpunca llapa sua nácacc maldicionta? (¡Padre mío! ¡Padre nuestro!... ¿No se abrirá la tierra para tragarlos en sus entrañas a todos estos ladrones y carniceros malditos?) -dijo mi sobrino Matías Uripe, queriendo llorar como si estuviera vivo. La tierra madre recibió la sangre de ambos y se fundió con ella, como lo hace con aquellos a los que la muerte les ha costado mucho dolor.
-Quisiera abrazarlo al comandante... -me oigo decir. Ciriaco y Eriberto, vecinos míos hasta en la muerte, me miran con tristeza.
-Mira mejor las torcazas serranas que inocentemente nos entregaron a la muerte, míralas como bandean la quebrada, Demetrio. Así, muertos como estamos, seremos como ellas... No sufriremos más.

Entonces vino aquel remolino que hasta hoy nos lleva en su seno por los farallones pedregosos de esta hondonada tan seca, nos estrella contra las paredes de roca y nos filtra entre las ramas de los árboles sedientos que se mecen despacio y son nuestras voces tristes las que escuchan los caminantes ululando en el viento de invierno.

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